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La necesidad de reinventarse cada tanto

La velocidad vertiginosa que vivimos, requiere, de tanto en tanto, un frenazo para realizar un análisis introspectivo que nos vuelva a resituar frente a nosotros mismos, para dar sentido a la vida y llenarla, mediante la lucha constante y el afán de superación, de satisfacción personal.


Todo ser humano tiende a conseguir la felicidad, que consiste en tener la personalidad madura, que es una mezcla de conocimiento de uno mismo, con buena armonía entre el corazón y la cabeza, saber gestionar bien los grandes asuntos de la vida, y la superación de las heridas y traumas del pasado. Entonces, a partir de estos supuestos, ¿cuáles serían los ingredientes esenciales para conseguir la madurez de la personalidad?


Desde los postulados de la psicología, los ingredientes esenciales son: equilibrio, autonomía, capacidad para tener una conducta apropiada, y responsabilidad; a lo anterior, cabría añadir, saber tener unos objetivos realistas en la vida, medibles, y que nos ayuden a crecer como seres humanos. A partir de aquí, entendemos por “personalidad” la forma de ser de cada uno, su sello de identidad y ésta se mueve sobre tres ejes: la herencia, el equipaje genético y el ambiente.


Es preciso tener claro que la personalidad es un estilo de vida que afecta a la forma de pensar, reaccionar, interpretar y conducirse. Para mejorar el comportamiento y hacerlo más sano y equilibrado, exponemos algunos requisitos básicos que pueden contribuir a ello.


En primer lugar, luchar para superar las heridas del pasado. La vida no va bien sin una buena dosis de olvido; hay que proyectarse hacia adelante, dejando atrás lo indeseado, lo que en un momento representó algo traumático o excesivamente dificultoso. Recrearse y compadecerse de sí mismo es buscar un estancamiento que impide crecer, es vivir en un estado de lamento que no conduce a nada.


Las heridas del pasado dejan una huella que se llama resentimiento: sentirse dolido y no olvidar es una actitud frente a la vida muy corrosiva, y afecta a nuestra salud mental, impidiéndonos avanzar con normalidad para conseguir nuevas metas en nuestro crecimiento personal. Se es maduro cuando se vive instalado en el presente, con una actitud abierta hacia el futuro.


En segundo lugar, conseguir la estabilidad emocional. Procurar una regularidad con pocas subidas y bajadas del ánimo. Un estado lábil nos produce inestabilidad, sufrimiento e incomodidad y nos impide una sana relación con quienes nos rodean. Saber procesar de forma sana y objetiva toda la información que nos llega, evitando convertir los problemas en dramas, que nos desbordan y producen profundo desasosiego. Para conseguir esta estabilidad, se puede recurrir a la siguiente estrategia: controlar los estímulos externos y los estímulos internos.


Para aprender a controlar mejor los estímulos externos, es preciso no caer en la hipersensibilidad. Aprender a relativizar, a desdramatizar. Y para controlar mejor los estímulos internos, que se alimentan de ideas, pensamientos, recuerdos imaginarios o pensamientos negativos, es preciso evitar que se conviertan en pensamientos destructivos. No olvidemos que toda experiencia negativa que hemos padecido en el pasado puede ser el ingrediente positivo para la felicidad en el futuro. Otras veces las oscilaciones anímicas son debidas a una baja tolerancia a las frustraciones: respuesta desproporcionada a un hecho de bajo valor, por incapacidad para luchar o haber sido muy protegido por la educación recibida. No tirar la toalla negándose a plantar cara. Honoré de Balzac ya lo advertía: “La resignación es un suicidio cotidiano”. En otras ocasiones, esas bajadas son originadas por una excesiva soledad o inactividad: éstas abren la puerta a una cascada de ideas nocivas, provocando el cambio de ánimo. Edward Everett Hale aconsejaba: “No lleves nunca a cuestas más de un tipo de problemas a la vez. Hay quienes cargan con tres: los que tuvieron, los que ahora tienen y los que esperan tener”. Finalmente, tener una voluntad fuerte es uno de los mayores indicadores de madurez personal. Cuando ha sido trabajada trae consigo tolerancia a las frustraciones, ser buen perdedor, optimismo que no se doblega ante los problemas, una alegría interior que invade toda la persona y fuerza suficiente para crecerse ante las adversidades.





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